miércoles, 25 de mayo de 2016

MALDITO DESTINO


Maldito destino
Por Enrique Arteaga Sustaita


Ya lo puedo platicar: Hace pocos días, camino de mi casa a la estación del autobús urbano, me encontré con un perrito, al parecer callejero,  y fiel a mi costumbre, le silbé; el perrito movió su rabo en señal  de amistad y se acercó a mí. Fiel a mi costumbre también, le hice unos cariñitos en su cabeza y con palabritas dulces le di sus palmaditas en su cuerpo. ¡Nunca lo hubiera hecho!: el perrito se dedicó a seguirme… corrí para perderme a su vista y doblé la esquina de la calle… Al hacerlo, vi un vehículo estacionado, lo que aproveché para ocultarme al can y cruzar la calle. Ni bien alcancé la banqueta contraria cuando escuché un fuerte golpe… Al voltear  vi al perrito salir y correr sin rumbo fijo, llorando lastimosamente,  de debajo de un vehículo en movimiento que lo había arrollado. Maldito destino –pensé. ¿Cómo es que un poco de amor te puede llevar a la muerte?... ¡La vida no es justa! ¿Por qué tengo que llevar en mi conciencia la muerte de este animalito? ¡Solo bastó un minuto de amor mutuo para que el  maldito destino obrara! Seguí mi camino, muy triste, muy dolido del corazón, con la escena impresa en mi mente; enojado con la vida… Tenía una leve esperanza: cuando vi al perrito correr llorando lastimosamente, no vi que cojeara… Hoy volví a ver al perrito, sano y salvo… Le silbé… movió su rabito en señal de amistad y… agradecí a Dios por su vida;  y… me arrepentí de haber nombrado “maldito” al destino. 

¡Salud!

Enrique Arteaga Sustaita.

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